jueves, 8 de julio de 2010

A way to lose.

Se podría decir que Ernest estaba enamorado de Alice. Se podría decir que Alice no estaba enamorada de Ernest. En mitad de un claro conflicto de intereses, y siempre con "River man" de Nick Drake como telón de fondo, ocurrió lo que jamás debería haber sucedido.

En la frenética noche de autos, Alice y Ernest, Ernest y Alice, bien cargados de whisky con soda -o sin soda, directamente- cometieron, en su justa medida, el mayor de los errores. Alice, embriagada de alcohol y de nostalgia, sentía como Ernest podía llenar el hueco ocupado por sus tristezas durante una noche. Ernest, acostumbrado a la trata de damas ahogadas en alcohol, preveía una velada en cama ajena. Pero no acertó completamente.

Sentimientos aparte, Ernest acababa de encontrar en Alice todo aquello que había estado tratando de encontrar en una chica. Alice era su chica, Alice era el prototipo por el que renunciar a la locura y asentar la cabeza. Pero la antagonía del destino, caprichoso con los sentimientos, hizo que las ambiciones de Alice sólo durasen, como reza el título de la canción que sucede a "River man", "Three hours". O quizás menos. Diez minutos y treinta y tres segundos es lo que duró Ernest aquella noche. Diez minutos y treinta y tres segundos de sonidos bucólicos y nubosos donde Nick Drake partía una y otra vez el corazón de Alice, apenas 11 minutos después de tocar el cielo con la chica perfecta, Ernest caía a la lona, noqueado y sin posibilidad de volver a levantarse.

No era el mejor comienzo de curso. Pasarían semanas hasta que Ernest la volviese a ver tras el enterrado recuerdo que supusieron las palabras de aquella sombra de Alice. Esta vez, como dos desconocidos que apenas sienten el aire que desprenden sus cuerpos al pasar uno junto al otro. No se miraron. Ni se sintieron. El otoño había hecho caer todas las hojas de los árboles, y en los horizontes de cada uno ya se aprecian nuevas metas marcadas por antiguos senderos.

miércoles, 7 de julio de 2010

You're my everything.

Desde aquella perspectiva parecía que al mundo se le escapaba la gravedad, los asuntos que le golpeaban la cabeza cual martillos eran golpes que no dolían pues carecían de peso, todo era un fluir y los problemas flotaban en el aire delante suyo, para observarlos, analizarlos, quizás hasta buscarles una solución, pero nunca para preocuparle. El tiempo se ralentizaba y cuando un reloj indicaba que habían pasado 15 minutos, en realidad en su cabeza William llevaba horas perdido en divagaciones que no llevaban a nada pero le apasionaban pues le transportaban a lugares o situaciones donde probablemente sólo su imaginación podría llevarle. Estaba “Perdido” como la canción que sonaba desde el amplificador, aquel vinilo de Charlie Parker que encontró el fin de semana anterior a su llegada al Campus universitario en un mercadillo. Le había llamado la atención por su apellido, Parker, similar al suyo y por el nombre del club donde estaba grabado, Massey Hall. Al final lo que había sido la necesidad de no volver con las manos vacías a casa, se había convertido en una casualidad maravillosa, un encuentro fortuito, inexplicable si pensaba que hubiera sido tan sencillo como no salir de casa a dar un paseo aquel día, como haber empezado a mirar por otra caja de discos o como por haber encontrado uno de sus más habituales Beatles antes de llegar a Charlie.

Otra vez parecía que algo carente de sentido tenía toda la lógica del mundo. Echado encima de su cama, en pantalones mientras el día atardecía por el movimiento alternativo de ráfagas de brisa que se colaban por su ventana y refrescaban aquel caluroso día, las canciones se sucedían una tras otra y se fundían con el humo de algo que no era precisamente tabaco y a lo que William le daba una calada de tanto en tanto, cuando la música lo requería. Pensó en Teresa, en él y en ella, le era difícil pensar en algo que no podía ser medido, cuantificado, que no atendía a ningún tipo de regla ni de ley, y le fascinaba precisamente por todo eso, el punto clave donde todo le superaba y se le escapa de las manos y no podía abarcarlo. Le recordaba a la música que sonaba, una melodía de fondo donde todo estaba en una partitura como el Campus, el resto de gente, los hola, qué tal, la rutina, el tiempo preestablecido por los teneres que, todo aquello que era porque tenía que ser así, pero absolutamente necesarios para entender aquellos solos de saxo donde Charlie dejaba escapar sus pensamientos, que no tenían cabida en aquel mundo, por la música. Y esos solos eran un poco como Teresa y él en medio de todo lo demás, los cuchicheos de la gente acusándolos de estar juntos o tachándolos de histriónicos, estrafalarios, criticándoles aun cuando ni siquiera se planteaban conocerles. Todo eso le repugnaba, eran causa del sabor de rechazo al mundo con el que se levantaba cada mañana y sólo era capaz de quitarse con el tabaco, con las noches de inmersión en el alcohol. Sólo que con Teresa todo eso no existía porque él era él y ella ella y cada uno ejercía su sinceridad y salía de sí mismo, y el rechazo que hubiesen encontrado con otros, era entre ellos entendimiento y compatibilidad.

Sin embargo todo lo que parecía tan sencillo, tan predestinado a no sólo ser ellos dos, sino a estar ellos dos, era demasiado perfecto, ambos lo sabían, y eso constituía otro problema en sí, a cada buen rato que pasaba con ella le sucedía un aire de incertidumbre provocado por la indefinición, por la necesidad de ser algo pero la imposibilidad de serlo según su propio sistema de valores. Esa contradicción le llevaba carcomiendo desde que la conoció y había llegado a su punto máximo hacía unos días. William se levantó de la cama, apagó la música, y cogió lo primero que tenía a mano para vestirse. Después se puso el cigarro en la boca, abrió la ventana y se coló en la escalera de incendios. Era algo que hacía bastantes veces, en especial por las noches cuando era incapaz de dormir y necesitaba una compañera de soliloquio nocturno. Llegó a su ventana y antes de picar se quedó un rato contemplando el interior de la habitación. Teresa, boca abajo sobra la cama, leía un libro mientras sus pies se zarandeaban con cierto aire infantil. Llevaba una camiseta enorme y su pelo rubio y caótico le caía por toda la espalda. Parker sentía la necesidad de entrar y echarse a su lado y simplemente dejar que el tiempo pasase, en parte atontado por la mezcla del perfume de Teresa con su propio y dulce olor natural, algo que había llegado a creer una atracción de origen química por ella. Pero no podía ser así. William picó por fin a la ventana, a lo que ella contestó con una sonrisa sin ningún tipo de sorpresa, y se levantó a abrirle. Se quedaron un rato con la ventana abierta, ya sin nada entre ellos, sólo Parker, Parker y sus convicciones, Parker y sus prejuicios, Parker y su incapacidad de dejar de ser Parker músico, Parker saxofonista.

-No puedo volver a verte, Teresa.

Y se fue. William Parker camino de su habitación y Teresa Gatz en el alfeizar de la ventana con una lágrima deslizando por su mejilla. William Parker sin saber que la próxima vez que volviese, por pura necesidad, a aquella ventana a encontrarse con ella, y no sería muy tarde, probablemente dos o tres días después, no iba encontrarse sino, un cuarto vacío.

lunes, 5 de julio de 2010

Checkmate. (Un año compendiado)

Años atrás, la sombra de la pequeña Alice disfrutaba jugando en el porche de su casa al ajedrez contra su padre. La verdad es que no era una jugadora experta, ni se devanaba los sesos en busca de la jugada perfecta. Simplemente disfrutaba con los perpendiculares y mortíferos movimientos de la Reina y de sus dos torres. Manejaba a la perfección las líneas enemigas y defensivas con estas tres fichas.

Quizás, este gusto por el ajedrez convirtiese a Alice en una niña rara para una chiquilla de su edad. En los tiempos de recreo disfrutaba junto a varios chicos de su clase en un juego llamado "Normandía". "Normandía" consistía en defender una estructura metálica de la que colgaba una escalera y un tobogán a base de pedradas, aunque donde más disfrutaba esta infante escocesa era en el cuerpo a cuerpo. Se pueden contar por centenares los moratones causados a sus masculinos enemigos de patio. Meses después, una pedrada en la zona parietal de su cráneo la dejó incosciente durante dos horas, y al resto de sus amigos, sin juego.

La evolución social de Alice no la convirtió en una chica muy distinta a la que era con 10 años, aunque adaptada a los tiempos. Alice era una chica rara, de gustos peculiares, y que parecía disfrutar de los pequeños y estúpidos detalles que hacen brillar los ojos a cualquier chico de la Gran Bretaña.

A pesar de ello, nada podía explicar la profunda melancolía en la que Alice parecía vivir de unos meses hacia aquí, aunque todo haciera indicar que esta tristeza hablaba en francés.

Los llantos, convertidos en una ira injustificada e injustificable, se tornaban sobre Ernest, un muchacho que iba para periodista y que veía en la vida universitaria una ocasión perfecta para conocer gente y coleccionar novias, aunque esta vez, todo sea dicho, quisiera mantener el cromo durante el máximo tiempo posible.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Tea for two.

-¿Has dejado las meditaciones metafísicas para más tarde, Renato Cartesio?

William le respondió con una sonrisa, tal vez proveniente de otra persona lo hubiese tomado como un ataque a su persona, a su carácter o a sus costumbres, pero si era el profesor David Turner quien lo decía, dejaba implícito un cierto tacto paternal que le alentaba a sentirse él mismo. Desde sus primeras reuniones había sentido que aquel despacho y lo caótico que en él habitaba constituían un pequeño remanso de paz y reflexión dentro del Campus universitario.

- Procuro acallarlas todas las mañanas con el máximo volumen que alcanzan los altavoces. En realidad venía a preguntarle si tendría unos libros que no encuentro en la biblioteca para poder hacer el trabajo del próximo mes.

- Por supuesto que los tengo, me preguntaba cuándo vendrían a pedírmelos, no podía dar crédito a vuestra tardanza. Comenzaba a pensar si alguno se habría planteado hacerlo, sin estos libros no seríais capaces ni de rellenar vuestros datos personales. Te felicito parcialmente, William, has sido el primero en pedírmelos, al menos eso indica que vas por buen camino, veremos qué uso consigues hacer de ellos.

El profesor Turner le entregó exactamente lo que buscaba. Al principio del curso había considerado ilícita la relación de amistad que entre ellos se había forjado, a todo estudiante se le adjudicaba un tutor con la intención de hacerle lo más sencilla posible su adaptación o la resolución de los problemas académicos que pudieran planteárseles, pero al contrario que la gran mayoría de estudiantes de su clase, quienes, pese a tener un tutor personal, no le sacaban ningún partido, entre William y Turner se había instaurado una confianza particular, que se había fraguado en tardes de charlas y debates entre tazas de tés y citas a los grandes pensadores de las matemáticas y la filosofía.

David Turner se veía un poco a sí mismo sentado en su despacho. Le había permitido reafirmar su teoría acerca de las edades, el tiempo y las generaciones, si bien las circunstancias de cada entorno podían verse cambiadas por la tecnología, la época y la sociedad, las dudas que carcomían al hombre se convertían en constantes de las décadas y los siglos. En su día era él mismo quien hallaba las respuestas en los libros de pensadores que le habían precedido con gran adelanto; ahora veía las evoluciones de Parker como quien observa el nacimiento de un mundo en miniatura a través de un cristal. Se sentía particularmente solidarizado con ese frenesí y esa necesidad de William por alcanzarlo todo y de la que él mismo sólo había conseguido despojarse con el paso del tiempo. Las dudas, que en ninguna medida contenían números o atributos matemáticos y que su alumno acostumbraba a traerle para su posterior disección, debía aprender a no contestarlas o no resolverlas en el acto, pues William hubiese perdido la confianza en él debido al rechazo que le hubiese producido lo correcto o lo adecuado o ninguna de estas dos, lo necesario. Así que procuraba actuar como una pequeña guía en el camino, darle pistas que le ayudasen a abrir su pensamiento para tomar las diversas decisiones, aunque sabía que no siempre las consecuencias serían las más adecuadas.

William cogió los libros, le agradeció el comentario, y salió de la habitación con cierta urgencia. El profesor Turner se quedó un rato pensando tras la brevedad de su visita, algo poco habitual en él. Al retomar la correspondencia de mesa, observó una carta de la madre de Parker, que paradojamente, no iba destinada a su hijo, sino al profesor. Sorprendido, Turner comenzó a leerla.

viernes, 31 de julio de 2009

No return.

Ahí estaba Alice. Desnuda. En su cama. Sudando. Estaba mirando a través de unos prismáticos de escaso alcance una foto que estaba alzada en lo alto de su estantería. Era la foto de un joven apuesto, rubio, atlético. La miraba con una extraña melancolía que hubiese hecho pensar cualquier cosa de la chica que estaba dentro de aquella cama arropada con esas sábanas amarillentas, y de cierto mal olor.

Alice suspira. -Te habría querido tanto...- Era la foto de Mark, un joven que había conocido en un largo viaje veraniego junto a su padre, en el norte de Francia.

Mark era de Lyon, pero su familia era británica. Su padre, nativo de Londres, era Ingeniero Industrial, aunque había dejado su carrera para seguir a una multimillonaria chica francesa de la que se había enamorado.

Mark siempre criticaba a su padre. Le llamaba calzonazos. Pensaba que, aunque esa chica francesa, de menudas curvas y rizos perfectos era su madre, su padre debería haber aprovechado una prometedora carrera profesional, en vez de convertirse en el mayordomo erótico de su madre Clementine.

Tocan la puerta. Alice se encuentra desnuda. Todo parece darle igual en ese preciso momento. En su cuarto sonaban mientras unos sonidos parecidos a los de Leonard Cohen. Era un vinilo raro, de un tipejo birmano que tocaba musica con olores a otoño, a tristeza y amores rotos. Nick Drake se llamaba. El album, lleno de arrugas por las trepidantes actuaciones a las que era sometido por Alice, se llamaba "Five leaves left". Decian que Drake era un tio raro, timido, romántico. Era lo que Alice buscaba. Pero Londres estaba un poquito lejos, y las libras, escaseaban.

En mitad del concierto de cuerda de "Way to done", se hizo una sombra con forma de hombre. Alice no era Alice. Era una cadáver animado. Su alma parecía haber viajado muy lejos. Era Ernest.

- ¿Te encuentras bien?
- ¡Que te jodan!
- ¡Alice! ¿Qué ocurre?

Y el disco, inexplicablemente, se paró.

jueves, 2 de julio de 2009

Everything you touch.

Jugaba a dibujar las facciones de su cara con la punta de los dedos. Al pasarlos por la barbilla notaba cierta superficie rugosa, reflejo evidente de una barba incipiente de olvido o pereza en fin de semana. Él le pasaba la mano por sus hombros, delimitaba una línea inexistente entre su espalda y su pecho, disfrutaba del tiempo estancado en la habitación, de no pensar en el momento y en las consecuencias. Claro punto de inflexión tras su debate existencial en la ducha, le besaba el cuello para quedarse con su olor, para oírla reírse, llevaban dos horas en la cama y el momento en el que alguno rompiese su diálogo anestesiado podía verse llegar. Se sentía muy unido a Teresa, había sido la semana de su llegada cuando coincidieron en el comedor y comenzaron a hablar, primero de música, un intento de Interstellar Overdrive para romper la soledad de su comida se convirtió en la excusa perfecta para que ella le abordara hablándole de Pink Floyd, de Syd Barrett. A partir de entonces, noches en vela en la escalera de incendios, fumando y disfrutando del frio de la noche, paseos los domingos por tarde a la orilla del lago, escapadas a Londres los días de fiesta. Era todo lo que un chico del campus podría desear como novia, pero sin embargo, nunca se habían besado, nunca habían llevado más allá su soliloquio compartido, y él sabía tan bien como ella lo que pensaba el otro. Acabar como lo estaban haciendo esta tarde había sido la meta a la que ambos se dirigían, postergándola cíclicamente para el disfrute del cómo, del por qué, del cuándo. Precisamente como meta suponía el problema, después de esto, ¿qué?, su relación no podía salir del limbo en el que se encontraba pues fuera de él supondría el fin de la misma. Era lo que ambos sentían la necesidad de hablar y hacían que no pensaban para disfrutar del momento, para disfrutar del otro. En ese instante alguien picó a la puerta. Se oyó la voz de Ernest esgrimiendo razones de Estado para que William saliera de la habitación. Se puso sus bóxers, cogió el cigarro encendido y salió de la habitación.

- Tienes que hacerme un favor – le pidió Donovan – Necesito unos preservativos, está esperándome en mi habitación la fiera indómita de Liverpool.

- Todavía no sé cómo lo haces – efectivamente, su amigo era una suerte de Don Juan con acento de Newcastle- Dame un segundo que entro a por ellos.

- ¿Qué haces así?, no me digas que al final…. Lo sabía, mira que te había avisado chico, debo darte la enhorabuena.

- Si eres un buen amigo, dame el más sentido pésame –y se metió dentro en busca del encargo-.

Al verle entrar y abrir el cajón de su mesita, Teresa se sorprendió por la precocidad de su compañero.

- Estas cosas suelen tratarse antes, cielo.

- No preguntes, son para Ernest, debe creerse que el pedírselos a su amigo aumenta sus posibilidades. Como si el muy cabrón no supiera que va a conseguirlo de todas maneras.

Le vio salir de la habitación y les sintió decir algo. Imaginó que sería el típico comentario masculino, esos que suponía se decían los hombres una vez que se vestían estúpidamente con sus uniformes de pantalón corto antes de salir a jugar un partido de rugby, de fútbol, de lo que fuera. William le sorprendía a veces, ella conocía un interior de terciopelo que a ratos se manchaba de pintura, una pintura horrible que acababa con el precioso tacto anterior, y todo era en presencia de otras personas, como por ejemplo cuando se ponía a defender una idea en la que no creía y sólo insistía en ella por escucharse a sí mismo argumentando esto o lo otro, para que quedase evidente que su rango de visión era mayor que el del otro interlocutor. Volvió a entrar en la habitación al poco, se tumbó en la cama, a su lado, y la besó.

-Si supiera escribir dedicaría el resto de mis días a plasmarte en las hojas de un libro, para que no fueses flor de un día ni de un mes ni de un año, para que viajases siempre en mi bandolera, y te imaginase siempre, siempre, de la manera que lo hago esta tarde.

Teresa le devolvió el beso, húmedo y con la inercia de quien no sabe reflejar algo en un solo gesto físico. Él incluso se cayó un poco hacia atrás en la cama y la llevó encima suyo, entre la risa de ambos.

-En el momento que salgamos por esa puerta, William, sabes que nada volverá a ser como hasta ahora.

- Tampoco nada ha sido nunca como este ahora, Teresa. Prescinde del mañana, que el tiempo nos ahogue en otro instante. Quizás nuestro camino llegaba hasta aquí, ¿acaso eso implica que no debamos disfrutarlo?

miércoles, 1 de julio de 2009

In, on. Out.

Ahí estaba Ernest, entrando y saliendo como un poseso. Se sabía el Rey de Roma, el emperador del mundo, el dueño de la virginidad -o eso creía- de Alice.

Justo debajo, a escasos centrimetros de los sudores del proyecto de periodista, se encontraba la chica. Alice estaba evadida. Lo hacia voluntariamente. No le encontraba ningún tipo de gusto a Ernest, sólo se dedicaba a pasar el rato. Creía que toda experiencia en la vida sería positiva, aunque no se disfrutase.

Cada pocos segundos, mientras Ernest se entregaba al máximo, Alice gemía o simplemente decía un !ah!, que resultaba tan falso como un cuadro de Van Gogh vendido en el parisino barrio de Montmartre.

Ernest se fue. Gritó, y cayó fulminado contra el colchón, justo al lado de Alice. Al segundo, ella se levantó, y se fue directa al baño, como si nada hubiese ocurrido.

- Ha estado bien, ¿verdad? -, expresó Ernest entre suspiros de agotamiento.
- ¿El qué? -, contestó Alice.
- Esto. Hacerlo, follar. -
- ¡Ah! -
- ¿Qué pasa? -
- Tengo que estudiar -

Ante tal respuesta, Ernest se dió cuenta de que algo raro ocurría.

- ¿Pero qué pasa? -, volvió a preguntar.
- Nada. ¿No sabes preguntar otra cosa? Ahora tengo que irme. Vístete, haz lo que quieras. Cuando salgas, cierra la puerta.
- Pero... -, susurró Ernest.
- Pero... nada. Adiós -.

Alice acababa de romperle la mitad del corazón a Ernest, quien esperaba muchísimo más de aquella chica llamada Alice. Su forma de ser, siniestra y extraña, le atraía demasiado. Se vistió, despacio, compungido; abrió la puerta, y se fue.

Era, quizás, el inicio de la nueva Alice.